“Deberías saber por qué”: una apreciación
El inicio de “Deberías saber por qué”, la nueva canción de Charly García, no ofrece sorpresa alguna: la misma batería que ocupa hace décadas marcando un rock cansino, su garganta inconfundible. “Che, si en verdad me tomás en serio”, dispara, como quien pide un whisky en un bar lleno de desconocidos.
“Deberías saber por qué”, dice en el segundo verso. Y empina el vaso.
¿Por qué de pronto los parroquianos nos hemos quedado en silencio, como si alguien hubiera dicho algo funesto? Pero algo se ha partido en el aire, y no es sólo por el hecho de que García nos esté cuestionando directamente (cosa a la que, por lo demás, nos tiene acostumbrados). Tampoco se debe a la arrogancia de dar por descontado que nadie esté a la altura de poder tomarlo en serio. El truco está en que ambos versos no cuajan: si el primero establece una condición, el segundo, que debería ser consecuencia, no es tal. Remite el razonamiento de vuelta al verso inicial, que nos recibe a su vez con mayor agresividad, cada uno de sus tres requisitos como una trampa insalvable: “si”, “en verdad”, “en serio”.
Nadie se mueve, porque nadie sabe cómo responder a la pregunta del tipo del whisky y el bigote.
Y Carlos Alberto García Moreno —que sí lo sabe y juega al tonto preguntando— no nos lo va a decir.
Y en medio de nuestra confusión, la percusión, la guitarra, el bajo y el teclado siguen avanzando en línea recta, como si nada, dejándonos atrás.
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Y Charly García se inventa una de esas sonrisas tan suyas, mostrando el borde de lo que queda de sus dientes bajo su labio superior. Encoge los hombros y sigue jugando al tonto: “En el fondo no es un misterio”, canta con seriedad, aguantándose la risa quizás, queriendo decir misterio es para ustedes, no para mí, yo soy el que ha ido y vuelto del infierno, sólo yo puedo hacer una canción como ésta, y esto es muy serio pero ustedes ni lo saben por qué van “hasta ahí nomás”.
“Todos van hasta ahí nomás”, repite, un dejo de tristeza en la voz. El lado B de ser el genio que no logra autodestruirse por completo es una soledad infinita.
Y en ese momento la música se detiene por dos compases, un, dos, tres, cuatro, un, dos, tres, cuatro, para volver en un solo golpe de música y voz.
“Che, si te pones la camiseta / Deberías saber por qué”, dice, pasando en un verso del mito García al mito argentino, resumiendo en la imagen futbolera las contradicciones de un país tan hermoso como volátil. Pero en estos dos versos no hay acertijo, y no se produce el quiebre del discurso del comienzo. García sabe que con la imagen de la selección nacional de fútbol no lo necesita. Aquí su hazaña es otra: con un par de palabras ha reafirmado en la mente del auditor atento la fusión del mito García con el mito nacional, adueñándose también de la titularidad de todos los mitos posibles del rock argentino (“El mito soy yo”, podría ser el lema de Charly I, una nueva encarnación de su “Say No More”). Y lo ha hecho sin ensuciarse las manos.
Pero antes de que el truco quede en evidencia, García recurre a la distracción de las grandes canciones pop: el puente. Y nos confunde un poco más.
De partida, no sólo reemplaza los versos acusatorios en segunda persona por una divagación en primera, sino que también pasa de la tensión de los verbos en presente a un más elástico gerundio: “Andando, preguntando, discurriendo, caminando”. Pero —truco dentro del truco— la introspección del artista se convierte en el verso siguiente en un nuevo desprecio al oyente, “Y esquivando tu manera de ser”, como si el despreciar —presumiblemente a cualquiera de nosotros mortales— fuera parte de su rutina artística. Verso seguido, sin embargo —y truco dentro del truco dentro del truco—, el desprecio no es sino necesidad disfrazada: “Gritando, discutiendo, corrompiendo, agonizando / Hasta el día que te volveré a ver”.
(Qué lindos verbos, qué poco utilizados: discurriendo, agonizando).
Y antes de que podamos concentrarnos en sus artificios, García lo trae todo literalmente de vuelta a casa: “Che, si es que entraste a mi apartamento / Deberías saber por qué”. Pero este nuevo cuestionamiento —ahora jugando con la leyenda del apartamento en que vivía semi-encerrado, recibiendo a quién sabe quién— García asume el rol de víctima (“Es muy fácil decir ‘lo siento’ ”), el que no puede distinguir con claridad quién está de su lado, el que quizás no recuerda cómo, quién ni por qué.
En apenas tres estrofas, García ha pasado de la provocación a la fragilidad, de conocer todas las respuestas importantes a no saber quién está de su lado, del pedestal del mito propio a las contradicciones más básicas.
Y entonces le da un segundo trago al whisky sin terminar y sale caminando. Solo.

buena finta