Baby Gramps: la música de verdad
Si Keith Richards no estuviera amarrado a su personaje Stone, probablemente trataría de tocar como él; si John Lee Hooker hubiese sido blanco, habría sonado así; y si Tom Waits tuviera un tío loco que le hubiese enseñado a tocar la guitarra de niño, sería Baby Gramps. Cruza improbable de folk, blues, foxtrot, sonidos ancestrales y canciones piratas, la música que este misterioso sujeto hace con su dobro y su voz de ultratumba sobre el escenario es de las que se odia o va directo al corazón.
Sobre el escenario de ese pequeño milagro que es el teatro Jalopy de Brooklyn, anoche Baby Gramps logró lo que muy pocos artistas que se dicen folclóricos: borrar las supuestas líneas que separan los géneros, levantando la tapa del caldero hirviente del que emanan los sueños y las pesadillas de la música estadounidense.
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